Hoy les vengo a contar una historia muy personal. Una historia que me define como persona en muchos sentidos, pero que al mismo tiempo siento que no define completamente quién soy en estos momentos.
En el 2012 viajé a Corea del Sur con muchos sueños en mi equipaje y viví allí durante 4 años. En ese tiempo, algo despertó en mí… algo que, digamos, estaba dormido: la ansiedad.
Cuando regresé a casa en 2015, volví, pero no era la misma.
Detestaba perder el tiempo. Me cronometraba cada paso que daba, incluso cosas tan simples como cepillarme los dientes. Empecé a ver problemas en cosas pequeñas, como que mi papá me dijera que ya no íbamos a hacer A, sino B.
Me transformaba.
El susto se convirtió en miedo. Y poco a poco empecé a controlar cada paso que daba, porque no soportaba no saber qué iba a suceder en los siguientes 30 minutos de mi día.
Esto no sucedió de repente, sucedió poco a poco. Empecé a tener más actividades, más cosas que hacer, y con eso nació la necesidad de “organizarme”.
Cuando mi cerebro entendió que el tiempo me alcanzaba para más si me mantenía ajustada a un horario, empezó a exigirme más.
Y yo le hice caso.
Cada vez agregaba más cosas a mi lista. Poco a poco olvidé lo que era descansar por el simple hecho de descansar. Olvidé lo que era no ser productiva.
Y algo tan simple como quedarme en la cama un domingo hasta las 9 de la mañana empezó a darme culpa. Una sensación de miedo incontrolable que no sabía explicar.
Al principio era solo la necesidad de controlar mis actividades. Después, se convirtió en miedo a lo desconocido.
Si no sabía a dónde iba el próximo fin de semana, me daban palpitaciones.
Prefería quedarme en casa antes que enfrentar lo que no podía prever.
Nunca noté en qué momento la ansiedad se apoderó de mi vida. Se volvió parte de mí, de mi cotidianidad, de lo que yo era.
Empecé a chocar con ella cuando regresé a Colombia.
Porque en Corea era fácil no estar expuesta a lo desconocido. Podía manejarlo todo, controlarlo todo. Estaba sola.
manejarlo todo, controlarlo todo. Estaba sola. Pero al volver, me encontré con algo distinto: mi familia y mis amigos no tenían el mismo ritmo de vida que yo. Sus pasos eran más lentos, más descomplicados. No eran tan rígidos con los planes. Y cosas normales para ellos —como cambiar de idea a último momento o llegar a un restaurante sin reserva— para mí eran un caos.
Fue entonces cuando, con ayuda de una amiga, decidí que era momento de buscar ayuda.
Porque no era solo el miedo.
Era la agitación en el pecho.
Era el temblor constante en mis manos.
Era la sensación de no poder moverme.
Era pelear con todo el mundo por cosas “estúpidas”.
Eran las noches de llanto que nadie veía.
Era vivir peleando conmigo misma. Una parte de mi cerebro estaba llena de pensamientos intrusivos (aprendí este término en terapia), mientras la otra me decía: “Sheyla, ¿qué te pasa? Esto no es lógico. Esto no es real.”
Para el resto de las personas, yo era alguien organizada. Psicorrígida. Incluso recibía cumplidos por ser capaz de mantener ese ritmo de vida.
Yo, por dentro, estaba agonizando.
Cuando empecé terapia, no entendía nada de esto. Para mí, simplemente estaba teniendo ataques “porque sí”. No tenía idea de que mi estilo de vida, mis decisiones, poco a poco me habían llevado hasta ahí.
Afortunadamente, tuve a una persona que supo verlo antes que yo. Hasta el día de hoy siento que le debo mucho. Ella no dudó en asegurarse de que buscara ayuda antes de hundirme más.
Con la psicóloga empecé bien, creo. Pasé por varias antes de encontrar a la persona indicada, pero siempre estuve abierta a contar todo, sin guardarme nada.
Entre 2015 y 2018, mis ataques aparecían sobre todo en el trabajo. Se me caía el cabello por montones. Había momentos del día en los que tenía que parar a respirar para poder continuar.
Recuerdo dos episodios que me marcaron.
Uno, manejando. Sentí un dolor en el pecho tan fuerte que pensé que me iba a dar un ataque al corazón. Me temblaba todo el cuerpo. Paré el carro en la mitad de la calle, con otros carros pitando. Me detuve, me recompuse como pude y logré orillarme. Me quedé ahí, estacionada, lo que pareció una eternidad, hasta que logré calmarme.
El otro fue en mi cuarto, después de una pelea con mi papá. Mi hermana y mi abuela estaban en la sala, yo estaba sola en mi cuarto. No podía moverme, no podía hablar. Lloraba desconsoladamente, pero nadie podía escucharme. Mi cuerpo no respondía. No sé cuánto tiempo estuve ahí. Solo sé que al día siguiente tomé la decisión de salir de la empresa familiar porque sentía que me iba a volver loca si seguía ahí.
Mis papás nunca supieron que yo me sentía así de ahogada.
Empecé a construir una rutina para salir de los ataques. Poco a poco, con terapia, la vida fue mejorando. Cambié de entorno laboral. Pasé de tener muchas responsabilidades a un trabajo más simple, donde terminaba mi turno y me desconectaba.
Para muchos, estaba desperdiciando mi potencial. Para mí, estaba sobreviviendo.
A nivel personal, tuve suerte. Tenía una red de apoyo, amigas que sabían lo que me pasaba y una relación que estaba empezando.
En 2018 me dieron de alta. Mi ansiedad estaba “controlada”.
Empezó a aparecer solo en situaciones específicas. Lo normal: un viaje, un cambio, algo nuevo.
Después llegó una oportunidad profesional importante. Con miedo, decidí tomarla. Y poco a poco, la ansiedad volvió a aparecer.
En 2020 llegó la pandemia y, a diferencia de muchos, yo la disfruté. Estaba en casa, en control.
Pero la vida cambia los roles.
Esta vez, me tocó ver la ansiedad desde afuera, a través de mi hermana. No es mi historia para contar, pero verla me hizo darme cuenta de cuánto había avanzado, cuánto había aprendido.
Ahí entendí algo: la ansiedad ya era parte de mí.
Desde 2021 hasta hoy, ha estado presente. Pero ahora es diferente./p>
Sé identificarla.
Sé qué la activa.
Sé qué hacer cuando aparece.
Sigo en terapia. Y hoy la ansiedad se siente como una “amiga” incómoda. De esas que se quedan más tiempo del que quisieras, pero ya no destruyen todo a su paso.
Vivir con ansiedad es como estar en un cuarto que poco a poco se va llenando de agua.
No te das cuenta cuándo empezó, pero llega un punto en el que sientes que te estás ahogando. Hay días en los que el agua te llega al cuello. Otros en los que apenas te toca los tobillos.
Pero siempre está ahí.
Y mientras para los demás todo parece normal, por dentro estás mirando constantemente el nivel del agua, tratando de anticipar si vas a poder respirar o no.
Hoy no tengo todo resuelto.
Pero ya no me siento como antes.
Ya no me siento sola dentro de mi propia cabeza.
Y aunque la ansiedad sigue siendo parte de mí…
ya no es lo que define toda mi vida.